22 Ene EL PAPEL DE LOS TUTORES Y TUTORAS DE PRÁCTICAS EN EL ÁMBITO DEL CRAE
Un artículo de opinión de Pablo Puertollano García, educador social del CRAE Mas Sant Jordi, publicado en la hoja informativa del Colegio de Educadoras y Educadores Sociales de Cataluña del invierno del 2025.
La formación práctica en Educación Social es, probablemente, uno de los momentos más significativos en la construcción de la identidad profesional. Más allá de la adquisición de conocimientos, las prácticas representan el primer contacto con la realidad viva y compleja de una profesión que trabaja, en esencia, en el acompañamiento de personas en situación de vulnerabilidad. En el caso de los Centros Residenciales de Acción Educativa (CRAE), este primer contacto suele convertirse en una experiencia transformadora, tanto para el estudiante como para el profesional que acompaña el proceso.
El CRAE es un espacio que exige presencia, escucha y capacidad de adaptación. Es un entorno donde la cotidianidad adquiere un valor educativo y donde la incertidumbre forma parte de la rutina. En este escenario, el tutor o tutora de prácticas desempeña un papel clave: es la figura que guía, acompaña y ayuda a poner palabras a todo lo que sucede, tanto dentro como fuera del centro. No se trata solo de supervisar tareas, sino de facilitar espacios de pensamiento, de observación y de autorreflexión que permitan al estudiante empezar a mirar la realidad con ojos de educador o educadora social.
Durante los primeros días, la fase de observación adquiere una importancia fundamental. A menudo, el impulso inicial de querer “hacer” se impone al deseo de “entender”. Por ello, es necesario reivindicar la prudencia como herramienta pedagógica. Observar con calma, sin prisa por intervenir, permite comprender las dinámicas, los vínculos y los tiempos que sostienen la vida en el CRAE. La prudencia, entendida no como distancia sino como una actitud de respeto hacia el otro, se convierte en la base de una mirada educativa consciente y reflexiva. Acompañar al estudiante en esta primera etapa es invitarle a descubrir que, a menudo, educar empieza por saber esperar.
El rol del tutor de prácticas, en este sentido, no es solo el de un guía, sino también el de un mediador entre dos realidades: la del mundo académico y la del contexto institucional. El tutor traduce lenguajes, ayuda a contextualizar situaciones y ofrece un espacio seguro donde el estudiante puede expresar dudas, emociones o dificultades. A menudo, este acompañamiento implica reconocer los propios límites, aceptar la incertidumbre y legitimar el error como parte natural del proceso de aprendizaje. La Educación Social, al fin y al cabo, se construye desde la práctica reflexionada y la reflexión compartida.
Como tutores y tutoras, también nos descubrimos aprendiendo. Cada estudiante nos devuelve una mirada nueva sobre nuestro propio trabajo. Nos interpela, nos cuestiona y nos obliga a revisar nuestras maneras de hacer. Este diálogo constante entre experiencia y novedad mantiene viva la profesión y nos recuerda que la Educación Social es, sobre todo, una práctica relacional. En muchos casos, el acompañamiento a un alumno en prácticas acaba convirtiéndose en un espacio de aprendizaje mutuo, donde la experiencia profesional y la mirada de quien empieza se enriquecen recíprocamente.
La construcción de la identidad profesional no se da de manera espontánea. Es un proceso que requiere tiempo, supervisión y espacios para pensarse desde la práctica. El CRAE, con su complejidad e intensidad emocional, ofrece un marco privilegiado para este proceso. Aquí, la teoría se pone a prueba cada día, y el tutor de prácticas se convierte en el referente que ayuda a dar sentido a lo que se vive. Ser tutor o tutora, por tanto, es una responsabilidad y un compromiso con el futuro de la profesión: implica transmitir valores, actitudes y formas de mirar el mundo que van más allá de lo que se puede aprender en los libros.
En definitiva, el papel de los tutores y tutoras de prácticas en el ámbito del CRAE es mucho más que una función asignada. Es una oportunidad para contribuir activamente a la formación de nuevos profesionales desde una mirada ética, reflexiva y comprometida con las personas. Las prácticas no son solo un periodo de aprendizaje, sino una experiencia de encuentro. Y es en ese encuentro —entre teoría y realidad, entre tutor y estudiante, entre prudencia y acción— donde se construye el verdadero sentido de la Educación Social.

