09 Dic Particularidades de la clínica con infancias y adolescencias tuteladas.
Por Laura Costa, psicóloga Equip Psicoterapèutic i Pedagògic Aïna
¿Cómo repercute en la subjetividad de los niños/as y adolescentes la entrada a un CRAE?
La clínica con niños/as y adolescentes tutelados exige mucha paciencia y una escucha delicada. Los recibimos en un momento de máxima vulnerabilidad y confusión, cuando sus vidas han cambiado de un día para otro y se han visto separados de sus seres queridos, de sus familias, amigos; es decir, todo su mundo tal y como lo conocían ha cambiado drásticamente. Todo es nuevo, y al inicio no hay vínculos, está todo por hacer, por construir. Las palabras no alcanzan para amortiguar la angustia que provoca ese cambio, y si las hay, en ocasiones son contradictorias. Tienen preguntas, que muchas veces no pueden formular, y que adoptan la forma de actuaciones agresivas y de síntomas diversos que complican los inicios de esa nueva vida en el CRAE.
Por todo ello, escuchar a un niño o adolescente tutelado, implica enfrentarse a las dificultades extras que ellos presentan a la hora de expresar sus malestares, ya que se encuentran divididos entre un mundo, el familiar, al que quisieran volver a pesar de todas las circunstancias adversas, y un nuevo mundo, desconocido, rodeados de gente extraña, que ahora ocupa la función de los padres.
Podríamos decir que la situación de desamparo rompe la trama simbólica en la que estos chicos/as vivían; toda la narrativa que tenían construida sobre su modo de vida y de relación con los demás, cae, ya no sirve para explicar la actualidad y sobreviene un vacío, un desgarro a nivel simbólico que solo las nuevas relaciones que establezcan, con sus tutores/as y sus nuevos compañeros/as, pueden ir ayudando a dar sentido. El vínculo de confianza con los otros adultos que ahora forman parte de su vida puede permitir que aparezcan las palabras que los puedan calmar permitiendo que se desplieguen nuevos lazos.
La construcción de una nueva narrativa
El momento en que se decreta el desamparo y se procede a la separación de los padres, es un antes y un después en sus vidas infantiles.
A nivel terapéutico, se hace necesario que aparezca una nueva narrativa que incluya la anterior y que la integre de manera que constituya una nueva biografía, un nuevo relato histórico.
El proceso de construcción de una nueva narrativa no es nada fácil y es un proceso que lleva su tiempo. Al inicio suelen presentar un relato confuso, fragmentado y lleno de culpa; suelen presentar hipervigilancia y otros síntomas postraumáticos como insomnio, pesadillas vívidas, dolores inexplicables, que se aferran al cuerpo y gritan silenciosamente lo que la boca calla o no es capaz de decir. Pero el cuerpo nunca miente y lleva la cuenta de lo vivido y los síntomas muestran en acto esas experiencias dolorosas que se intentan borrar o, en muchas ocasiones, no se pueden recordar. El cuerpo habla, con sus desregulaciones conductuales, sus actos hetero o autoagresivos, sus gritos o llantos, que pueden parecernos sin motivo.
Trabajar terapéuticamente, a nivel psicológico, con infancias y adolescencias atravesadas por estas experiencias traumáticas imborrables, implica una escucha que pueda atender no solo al goce propio del niño o adolescente y a su posición subjetiva. También se hace necesario la construcción de ese otro o esos otros que han recibido a ese sujeto, poder localizar qué deseos familiares lo engendraron y quiénes han sostenido su crianza pese a las dificultades. No se trata de culpabilizar a los padres. Sabemos que las familias hacen lo que pueden y que no habría familia que pueda sostener sin grietas a sus hijos, no existe la familia perfecta. «La familia es una ficción(…) que se fundamenta en una esperanza: que los integrantes de esta encajen complementariamente” (Brignoni, 2019). Las madres, padres o cuidadores, también son sujetos y en su humanidad, sufren muchas situaciones como pobreza, marginalidad, adicciones u otros problemas de salud física o mental. Así y todo, con la ayuda necesaria, a veces, logran modificar los patrones que llevaron a que perdieran la custodia de los hijos y logran recuperarla. Pero no siempre eso sucede.
Abrir la pregunta indispensable
Los niños/as y adolescentes tutelados se preguntan muchas veces por qué los han separado de sus familias. Cuando aparece esta pregunta sabemos que ellos ya tienen una respuesta. Que esta pregunta se abra es un indicador positivo, que implica un trabajo que se está produciendo con los educadores del centro, referentes de EAIA o en la terapia. Lo habitual es que se sientan confusos con esta cuestión. Frecuentemente nos encontramos con que la idea que tienen es que es responsabilidad propia estar viviendo en un centro, dadas, por ej., sus reacciones agresivas, sus raptos de ira, su mal comportamiento escolar o malas notas, o por el hecho de haber hablado y haber destapado ante quien pudo escuchar, los actos de negligencia o de maltrato familiar. Se constata en muchos casos, que el discurso familiar, después de haberse producido el desamparo, insiste en esta idea: la de la culpabilidad del menor.
Todo esto contribuye a que sean los niños quienes se sientan culpables y responsables de todo lo traumático que les ha sucedido. Sienten que lo han hecho mal, y muchas veces, se identifican a ese lugar de chico o chica mala, fuera de los ideales sociales, realizando actos violentos hacia los demás o hacia sí mismos, como forma de asegurarse un ser, aunque sea desvalorizado.
¿Qué soy en el deseo del Otro? Las responsabilidades subjetivas
No todos los niños/as o adolescentes a los que se les decreta el desamparo han sufrido maltrato (psicológico, físico o sexual) de parte de sus padres o cuidadores, pero sí muchos de ellos. En ocasiones, el maltrato toma la forma de la negligencia en los cuidados más básicos.
El sentido común nos llevaría a deducir, que, dadas esas experiencias, ellos/as albergarían un sentimiento de rechazo, rencor u odio hacia esas figuras; muy por el contrario, lo que se escucha es que, todo lo vivido no les impide seguir amando y justificando a los adultos que debieron protegerlos, aunque no lo hayan podido hacer. Y todo ese sentimiento negativo no reconocido, ese odio, se dirige a ellos mismos (con autolesiones, ideas de suicidio, TCA, adicciones, etc.) o se proyecta a otros en forma de dificultades con los vínculos o violencia (hacia nuevos cuidadores, compañeros/as, etc.). “El síntoma, a diferencia del trastorno, llama a la interpretación, nos convoca como un enigma a descifrar, algo cuya significación no conocemos de antemano. Por eso, no se trata de erradicarlo sino de darle la posibilidad y un lugar para su tratamiento” (Brignoni, Esebbag y Grisales, 2022)
La lealtad a las familias indica esa necesidad de seguir sosteniéndolas. La idealización de los padres, proceso normal en todas las infancias, está animada en las infancias tuteladas, por la esperanza de un regreso a casa. El cuarto mandamiento del cristianismo, “honrarás a tu padre y a tu madre se cumple no sin “una represión masiva y una disociación de las verdaderas emociones” (A. Miller,2014). Mandamiento que tiene arraigo en el discurso social que nunca verá con buenos ojos que se tenga en cuenta y que no se olvide, la violencia y el maltrato al que una persona pudo estar sometida en su niñez. Es un trabajo arduo pero que puede lograrse en una terapia, que el niño/a pueda aceptar responsabilizarse de sus propios actos y decisiones, y a la vez, entender, que hay otras responsabilidades que no le pertocan , entendiendo que, en ocasiones, ha tenido que ceder- aunque sin consentir- a su propio deseo, “favoreciendo otras necesidades que podrían parecer más legítimas desde el punto de vista de los demás(…) traicionándose a uno mismo “. (Leguil,2021). No es lo mismo ser víctima que hacerse la víctima. En el primer caso se trataría del reconocimiento de una situación que no fue deseada ni solicitada. En el segundo caso se trataría de la persistencia en esa posición, en su sostenimiento, quedando el sujeto atrapado en eso que le ocurrió y justificando todos sus síntomas y conductas sin intención de cambio: “soy adicto porque mis padres lo son, soy agresivo porque lo han sido conmigo”, etc.
El objetivo de una terapia sería ayudarlos a salir del círculo de la repetición. Se trataría de ayudarlos a reconocerse como víctimas para poder salir de ese lugar lo antes posible, validando sus propios deseos, aunque estos puedan ser diferentes a los de sus progenitores.
Nuevos vínculos, nuevos horizontes. El ineludible trabajo en red.
Para lograr ese cambio de posición subjetiva es fundamental que puedan apoyarse en vínculos sanos y en las nuevas figuras que velan por su bienestar, y que buscan que se puedan desarrollar como sujetos de pleno derecho. Estos nuevos vínculos son indispensables porque ofrecen nuevas posibilidades de identificación, nuevos modelos que aquellos que ofrecían las familias. De ahí, la gran responsabilidad que implica el trabajo con estos niños/as y adolescentes para todos sus referentes de los diferentes servicios que ahora forman parte de sus vidas. Es por este motivo que considero fundamental que el trabajo terapéutico no se realice en solitario y en forma aislada, solamente con el niño/a o adolescente en cuestión, sino que en estos casos complejos se hace más necesario que en otros, el trabajo en red, dónde intervengan los referentes de CRAE, escuelas, IES, SS, EAIA, DGAIA, servicios de revinculación familiar, CSMIJ, psiquiatría, servicios de psicología, servicios extraescolares, entre otros.
Esto implica dedicar un tiempo para mantener conversaciones con todos estos servicios y equipos de trabajo, donde cada uno de ellos puede dar su punto de vista y alcanzar una perspectiva común del caso que ponga en el centro y en primer lugar al niño/a, sus derechos y su futuro. No se pueden tomar buenas decisiones sin escuchar todas las opiniones de los diferentes servicios intervinientes. El caso se construye entre todos, cada uno aportando su voz y perspectiva. Escucharse entre los servicios es clave. Muchas veces un caso se estanca y no avanza porque no se tiene en cuenta la voz de todos los implicados.
El niño/a o adolescente necesita apoyarse en la narrativa de los referentes que lo tratan. Eso le permitirá comenzar un trabajo de historización integrando las experiencias que le tocaron vivir, pero con la mirada puesta hacia un futuro.
Los tratamientos psicológicos con niños/as y adolescentes que han pasado por la experiencia del desamparo nos enseñan la capacidad de resiliencia que el ser humano puede llegar a tener y cómo los nuevos vínculos que se pueden establecer son capaces de crear un nuevo tejido simbólico que ayude a subsanar esas heridas y a sostener el propio deseo hacia un futuro en construcción.
Referencias bibliográficas:
- Solé, Jordi (coord.) (2019) “Familias de acogida, respuestas al desamparo”, Ed. Ned
- Brignoni,S , Essebag,G y Grisales,A (2022)”. Violencias y desamparos, una práctica colaborativa entre salud mental y educación”, Ed. Ned.
- Leguil, Clotilde (2021). “Ceder no es consentir”. Ed. Ned
- Miller, Alice (2014). “El cuerpo nunca miente”. Ed. Austral.

