28 Sep SINHOGARISMO. LA FORMA MÁS GRAVE DE EXCLUSIÓN SOCIAL
Por Laura Gómez Quijada, psicóloga sanitaria colegiada núm. 22965 con orientación psicoanalítica. Jefa de los dos Serveis de Rehabilitació Comunitària (SRC) del Centre Formació i Prevenció. Jefa del SRC de Premiá de Mar desde 2002 y del SRC de Mataró, desde 2025. 30 años de experiencia en la atención a personas que sufren Trastornos Mentals Severos (TMS).
LOS DATOS
Según la Constitución Española, el artículo 47 afirma que todos los ciudadanos tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Esto implica que el Estado tiene que promover las condiciones necesarias para alcanzar el acceso a un hogar. La realidad es que el alto coste del alquiler, los sueldos precarios y los desahucios no están permitiendo cumplir este derecho para muchas personas en este país. Así hay un gran número de ciudadanos que se quedan sin hogar, que presentan un gran riesgo de perderlo o que viven en una vivienda que no cumple con los mínimos necesarios para estar en ella.
Y con este derecho vulnerado, detrás caen también los derechos a la salud, a un trabajo, a no sufrir desigualdades…
A finales de 2025, Arrels Fundació contabilizó cerca de 2 mil personas viviendo en la calle en la ciudad de Barcelona, pero seguramente eran más. Valoraban que había un incremento del 43,2% respecto a finales del 2023, según sus datos. Además, en una década, la cifra se había multiplicado en la ciudad por 3,5. Las personas sin hogar se han trasladado desde la zona habitual de Ciutat Vella a barrios más periféricos e industriales, liderados por Sants Montjuïc. Además, en Barcelona en 2025 el presupuesto para este colectivo fue de 51 millones de euros, evidentemente insuficiente. Y, como dato, los desalojos que realizaron la Guardia Urbana en 2025 en espacios como el Parque de Joan Miró o la Estación del Norte provocaron el desplazamiento de estas personas, perdiendo pertinencias y la atención social de profesionales y de vecinos del lugar donde vivían. Se provoca desplazamientos a otras zonas sin resolver el problema y revictimizando de nuevo a estas personas.
En Cataluña, según entidades como Caritas, casi un millón y medio de personas sufren algún tipo de exclusión o precariedad grave en la vivienda. Se calcula que cerca de 30 mil personas viven en la calle o en centros para personas sin hogar. Según un estudio, el 70% de estas personas parece que son migrantes, En cambio, el volumen de personas con nacionalidad española es igual que en 2008.
En 2024, según el Ministerio de Derechos Sociales y la Agencia 2030, en España más de 28.500 personas vivían en la calle. Pero las cifras más desesperanzadoras hablan de más de 50 mil, si se cuenta los que tienen graves dificultades para acceder a una vivienda, con rentas muy bajas y riesgo de exclusión social.
Según el JAMA Psychiatry, a lo largo de la vida el 77% de las personas en situación de calle sufrirán problemas de salud mental. Según algunos estudios (Muñoz et al., 1986; Vázquez, Muñoz, y Sanz, 1997), el 50% de la población que vive en la calle tiene patología dual compaginando los problemas de salud mental con el consumo de tóxicos (alcohol y drogas).
También es necesario reseñar que en Madrid, según un estudio, alrededor del 18% de estas personas estaban ingresadas en hospitales psiquiátricos. Así que la desinstitucionalización de personas con problemas de salud mental graves y crónicos parece que ha influido en cierta manera en el aumento de personas en situación de calle.
Faltaría realizar estudios serios y fiables sobre la situación real, ya que la mayoría de los datos son aproximados con un amplio intervalo entre el dato más bajo y el más alto. Por tanto, no se sabe claramente cual es la realidad. Tampoco se contabiliza las familias sin domicilio que van tirando con la ayuda de otras personas que los acogen en casa una temporada, van a una pensión unos días, a casa de otras personas otros días… y así van haciendo, sin domicilio propio. Y otras situaciones como son las casas ocupadas, que cada vez son más. Y también las viviendas masificadas.
En todo caso, si la persona que vive en la calle sufre trastorno mental grave, augmenta el grado de vulnerabilidad. Esta situación de calle, según los estudios, se debe a situaciones de desarraigo familiar y social, pobreza severa y un grave y progresivo deterioro mental y físico. Evidentemente, el hecho de vivir en la calle empeora los problemas de salud mental por la falta de tratamiento y por el aislamiento social. Muchas veces, está asociado al consumo de tóxicos. Éste crea un estado de bienestar que los aleja mentalmente de la situación en la que se encuentran. La coexistencia de los dos problemas, salud mental y adicción, implica una reducción de 20 o 30 años de la esperanza de vida de estas personas, con posibilidades de sufrir algún accidente por la desorientación derivada del consumo. El no tener lugar de residencia hace que se reduzcan las posibilidades de acceder a la atención social y mental y también a un trabajo.
Los dos diagnósticos más comunes en las personas que viven en la calle son la depresión y la esquizofrenia, a parte del alcoholismo. Respecto a la salud física, proliferan las infecciones víricas o bacterianas por las temperaturas extremas y la falta de higiene. Además, para poder sostener la situación, algunos hacen delitos para conseguir comida y lo más básico para vivir, lo que lleva a problemas legales.
Los perfiles de estas personas han cambiado debido a las crisis económicas de los últimos años que han implicado recortes importantes en los presupuestos en protección social, dejando sin asistencia a los más vulnerables, a los que les cuesta más acceder a los servicios. Muchas personas perdieron el trabajo, los desahuciaron y acabaron en la calle.
La mayoría de las instituciones que ayudan a estas personas son ONG u organizaciones del ámbito privado principalmente religiosas. Por tanto, queda claro que faltan servicios públicos que puedan atender a estas personas. Los espacios que se ofrecen son albergues, comedores sociales, programas laborales, centros ocupacionales, centros de noche (para estar pero sin camas), baños públicos, servicios de información y roperos. La realidad es que muchos de estos servicios no son conocidos por las personas sin hogar.
En marzo de 2022, la Generalitat creó un marco de acción para atender a las personas sin hogar en Cataluña 2022-2025.
En Barcelona existe el Equipo de atención de Salud Mental para Personas Sin Hogar (ESMES). Es un programa integral comunitario gestionado por la Fundación Sant Pere Claver y el Parque Sanitario San Juan de Dios, financiado per la Generalitat de Catalunya y el Ayuntamiento de Barcelona.
En Europa, sólo Finlandia ha resuelto el problema. Primero se inculcó no utilizar el sinhogarismo como herramienta política y se hizo una estrategia de Housing First. Este nuevo paradigma busca garantizar un hogar antes de ofrecer nada más. La seguridad que implica esto hace que la recuperación sea más probable y más rápida. Esta situación implica estabilidad, un lugar de vida, un lugar seguro… Además se hizo una gran inyección de dinero para prevenir que personas quedasen en la calle. Se crearon viviendas sociales, ayudas económicas y acompañamiento profesional.
El panorama de los lugares de vida no ayuda, especialmente si las personas son extranjeras. Falta de vivienda digna, asequible y adecuada. Casas vacías por miedo a asumir inquilinos que no pagan. Pocos alquileres sociales. Pocas plazas de residencia o pisos para sacar a la gente de la calle. Personas que trabajan pero el sueldo no les permite un alquiler. Aumento del precio de la vivienda en momentos de inestabilidad laboral y precariedad de los salarios. Condiciones cada vez más extremas para acceder a una vivienda por la necesidad de fianza, el pago a las fincas que alquilan, avales… Desahucios que provocan ocupaciones. Albergues sólo de paso y a menudo sin plazas.
Si a encima hay problemas de salud mental graves todo empeora. Agravamiento de la sintomatología en situación de calle. Falta de consciencia por el empeoramiento de los síntomas. No van a psiquiatría. Aislamiento. Peor acceso a los servicios que el resto de población que vive en la calle.
REFLEXIONES
Para poder iniciar un buen camino todo empieza por acercarse a estas personas. Romper la barrera de la deshumanización que sufren por la población general, que siente miedo de estas personas y que no saben que ellos también sienten miedo. El trabajo que se realice con ellos tiene que ser un tratamiento individualizado y específico para aquella persona, ya que las situaciones y los perfiles son muy diversos y las necesidades, por tanto, también. Evidentemente, el enfoque debe de estar centrado en la persona, en sus peculiaridades y el que se le ofrece tiene que ser un modelo integral que asista a todas las carencias.
Lo que se propone no tiene que ser un recurso de urgencia para aquella noche o noches siguientes, sino que debe de haber una planificación a largo plazo. A parte, también se debe incidir en el aspecto de prevención, así se evitaría llegar a situaciones en las que las personas acaban en la calle.
Estos individuos están generalmente solos en la calle. Y la inseguridad constante de vivir así hace que se vuelvan más desconfiados. Más aún si tienen ya de base la desconfianza por el trastorno mental que sufren.
Destaca la invisibilidad del colectivo, se les ve pero no se les mira. Se vuelven anónimos. Pierden el estatus de personas con identidad, necesidades y derechos fundamentales como vivienda digna, salud, trabajo e igualdad. Además, hay una gran falta de capacidad organizativa para ser visibles y reivindicar sus derechos, sobre todo si hay trastorno mental grave. Esto implica que aquella persona se va degradando. La dignidad de la persona depende del que la mira y también de cómo se miren ellas a sí mismas. Si uno no se siente valioso, difícilmente pensará que tiene derecho a vivir mejor y en sociedad. Son situaciones de desarraigo. Por tanto, para salir de esta situación esta persona necesitará tener alguien que crea en ella, ya que casi nunca nadie lo ha hecho en el tiempo que lleva en la calle y tal vez tampoco antes. Por tanto, aquí se ve la importancia de activar el vínculo con la persona que lo llevará, si todo va bien, hacia la inclusión social. No se puede olvidar que vivir en la calle implica generalmente la ruptura de los vínculos que aquel individuo tenía con las personas significativas de su vida y con la red de apoyo.
Muchos de ellos viven en grupos, en asentamientos, en campamentos de chabolas… creando una microsociedad. Por tanto, tienen sus relaciones y sus pertenencias: tiendas de campaña o chabolas, carros de posesiones… Pero no deja de ser una microsociedad de personas que sufren la forma más grave de exclusión social. Son ignorados y evitados por el resto de población y cae sobre ellos la alerta vecinal. Son invisibles también para el Gobierno con falta de políticas para resolver el problema. No hay acceso fácil al Sistema de Salud y a los Servicios Sociales por la saturación de estos.
Esto implica, por ejemplo, que el tratamiento en el caso de salud física llega tan tarde, cuando la salud está muy deteriorada y con pocas posibilidades de recuperarla del todo. También que se hacen acciones como la arquitectura hostil, también llamada urbanismo defensivo. Con estas construcciones se intenta impedir que las personas duerman en la calle. Un ejemplo de esto son pinchos metálicos, bancos divididos por reposabrazos, superficies con inclinación, bolas metálicas… Y también hace falta destacar la hostilidad de personas que agreden verbal o físicamente a estos individuos por el hecho de estar desamparados e indefensos, haciendo que la calle sea un lugar incluso peligroso para la integridad de estas personas.
Muchos de estos individuos son de otras culturas, sin posibilidad de arreglar papeles para conseguir el permiso de residencia. Les complica mucho la digitalización de los servicios, problema que dificulta más su llegada a los recursos. Todo esto evita conseguir una vida digna y un trabajo, derechos fundamentales. En la Constitución Española se reconoce la importancia de la dignidad de la persona en su artículo 10. Se da un gran vulnerabilidad, fragilidad y desprotección para conseguir restaurar la dignidad y el bienestar.
Parece ser que el modelo Housing First con el cual se busca garantizar un hogar para empezar funciona. Tiene sentido porque al final quita la angustia principal del hogar, ya que es una necesidad de primer orden.
Esto, junto con el acompañamiento profesional, permite comenzar a construir un futuro más amable. Implica trabajar una época muy traumática y que la persona se adapta a la nueva realidad. Comenzar de nuevo creando un sentimiento de pertenencia a la sociedad. La seguridad que implica esto hace que la recuperación sea más probable y más rápida. Esta situación implica estabilidad, un lugar de vida, un lugar seguro en el mundo. Recuerdo una persona que le dieron un hogar y tardó días en poder dormir en la cama, lo hacía en el suelo de la habitación. Así se ve claramente que la adaptación a la nueva realidad lleva un tiempo para estas personas.
Y para hacer este trabajo no podemos esperar a que vengan a la consulta o al despacho. Son los profesionales los que tiene que ir a la calle, a su espacio de vida, a su entorno, allí donde viven. Ofreciendo así un trabajo integral con el acceso a una vivienda, programas de inserción laboral, de tratamiento mental y físico, de atención a las drogadicciones…
Y además, este trabajo debe hacerse desde el modelo Case Management (seguimiento de caso) donde hay una única persona de referencia y ella coordina toda la intervención. Es básico el acompañamiento de la persona en todo su itinerario para crear un vínculo de confianza y flexibilidad, para facilitar el acceso sin marear a la persona de un recurso a otro.
Evidentemente, en el caso de que la persona sufra algún tipo de trastorno mental severo la intervención tiene que ser aún más cuidadosa para poder romper la barrera de la desconfianza, y más aún si aquella persona está en un momento agudo. La intervención siempre se tiene que hacer teniéndolo en cuenta y sin forzar ninguna situación en contra de su voluntad.
Evidentemente, los recursos de vivienda en salud mental tienen unos requisitos tan establecidos e inflexibles que muchas de estas personas no cumplen. Temas como el abuso activo de sustancias, momentos agudos del trastorno, la falta de autonomía o de seguimiento de tratamiento en el CSMA, impiden su acceso. En estos casos, la intervención se debe hacer al contrario. Establecer el vínculo de confianza, dar acceso a una vivienda y después intentar trabajar con cuidado y calma su vinculación a recursos de tratamiento, de rehabilitación y reinserción. Así se alcanzará estabilidad clínica e inclusión social.
Por una salud mental respectando los derechos fundamentales de los individuos.
REFERENCIAS:
https://faciam.org/2019/03/03/personas-sin-hogar-y-salud-mental-intervencion-en-la-calle/
https://psicologiaymente.com/clinica/efectos-psicopatologicos-de-indigencia
https://consaludmental.org/sala-prensa/sinhogarismo-trastornos-mentales/
https://neuro-class.com/trastornos-psicoticos-en-poblacion-sin-hogar-que-sucede/
https://www.sjdserveissocials-bcn.org/es/salud-mental-sinhogarismo
https://www.foessa.es/blog/exclusion-residencial-impacto-salud-mental-emocional/
https://repositorio.uchile.cl/handle/2250/105907
https://www.madrid.org/bvirtual/BVCM007052.pdf
https://revistasanitariadeinvestigacion.com/sinhogarismo-la-salud-de-los-que-viven-en-la-calle/
https://www.elmundo.es/elmundosalud/2011/02/25/neurociencia/1298632142.html
https://www2.cruzroja.es/web/ahora/sinhogarismo-situacion-personas-viven-calle
https://www.som360.org/es/monografico/sinhogarismo/entrevista/sinhogarismo-calle-solo-punta-iceberg
https://myfirsthome.es/la-salud-mental-de-las-personas-sin-hogar/

